miércoles, 21 de marzo de 2012

Los cadáveres del Everest


El Everest es la cumbre más alta del mundo, con 8.848 metros sobre el nivel del mar, localizado al noroeste de la frontera entre Nepal y el Tíbet ocupado por China.
Para atacar la cima del Everest  hay numerosas vías abiertas, las más comunes son la vía sur desde Nepal, que es la más fácil, y la vía norte desde el Tíbet.

Todas ellas tienen una cosa en común: a partir de los 8.000 metros hay que atravesar la llamada “zona muerta”.

La zona muerta es aquella donde la cantidad de oxígeno en el aire no es suficiente para sostener ninguna forma de vida.

El riesgo de sufrir “mal de altura” a causa de la falta de oxígeno, aparece a partir de los 2.400 metros.

La hipoxia o falta de oxigeno inicial puede provocar alucinaciones o incluso euforia, que no permiten al afectado ser consciente de su situación física real.

Según los médicos, en la zona muerta del Everest, una vez iniciados los síntomas, un individuo tiene entre 1 y 2 minutos de plenas facultades para paliar su situación. 

Los expertos en alta montaña dicen que los individuos que se vienen abajo
lo hacen en unos 20 - 25 minutos.
Foto: Marco Epis atendido por el equipo de Sergey Kofanov tras sufrir mal de altura.

Los peligros del Everest: la zona muerta, mal de altura, congelación y grietas.
Para evitarlos, los escaladores realizan períodos de aclimatación.

Al mal de altura hay que sumar el clima extremo del Everest, que supone riesgo por congelación e hipotermia permanente. 

Por último, otro riesgo importante son las grietas ocultas por la nieve, que se forman al partirse los estratos de hielo en el suelo. 

La explotación turística del Everest. El desafío se ha convertido en un clásico entre empresarios y altos directivos con poder adquisitivo. 

Otro clásico, más orientado a escaladores profesionales, es intentar batir algún record sin sentido.

Para acceder a la cumbre del Everest se parte desde el campamento base y se atraviesan varios campamentos de paso numerados de menor a mayor, según su cercanía a la cumbre.
En qué condiciones se realiza la ascensión y establecimiento de esto campamentos es una cuestión de dinero, del viaje contratado o de los planteamientos que siga el equipo. 
En la imagen, la ruta sur. La zona muerta empieza justo al salir del campamento IV.

El gobierno de Nepal cobra 25.000 dólares US por persona por un permiso para realizar la subida y después cada escalador o equipo de escaladores se organizan como crean conveniente. 

En la cumbre del Everest no se pierde nadie.

Por las rutas más comunes se accede a ella caminando por un risco en el que hay colocada una cuerda guía; y una de dos: o sigues la cuerda o te despeñas ladera abajo a un abismo del que sería prácticamente imposible salir. 

Técnicamente no tiene ninguna dificultad, aunque hay que escalar varias paredes pequeñas, una por la ruta sur y dos por la ruta norte, llamadas escalones. 
 Foto: Tramo final del risco por la ruta sur.

No obstante, desde el momento en el que se accede a la zona muerta – y antes también – el escalador está poniendo su vida en serio peligro.

Si un individuo se va al suelo y no es capaz de volver a levantarse como para salir por su propio pie, es imposible que un grupo de escaladores lo arrastren hasta sacarlo fuera de la zona muerta.

Si lo intentasen se jugarían sus propias vidas.

A esas alturas, por cada paso que se da, un montañero entrenado puede necesitar realizar tres respiraciones, el corazón se acelera, incluso en reposo, para suministrar oxígeno con más frecuencia debido a su escasez y el cuerpo va casi al límite cargando con el soporte vital necesario: ropa, botellas de oxígeno o medicamentos. 
 En la imagen, la ruta norte.

Los helicópteros comunes no pueden ascender a tanta altitud.

El único helicóptero que ha logrado llegar a la cumbre del Everest fue un Eurocopter AS350 preparado en el año 2005. Logró mantenerse estable unos minutos en la cima, pero no llegó a posarse del todo porque se hundiría en la nieve, y nunca apagó el motor.

Desde un punto de vista económico, el precio del helicóptero en sí es tremendo.

Mantener una base de helicópteros en el campo base sería igualmente poco realista. 
 Foto: un helicóptero de fabricación rusa que se accidentó en el 2003 cuando trataba de aterrizar en el campamento base. Dos de sus nueve ocupantes murieron.

Si un escalador no puede levantarse afectado por mal de altura, lo único que se puede hacer es darle una asistencia médica muy limitada, pero la única solución eficaz es descender.

El tiempo que se puede permanecer en la zona muerta es limitado, así que si el afectado no logra levantarse, sus compañeros o rescatadores se verán obligados a abandonarlo.

Si el riesgo que supone intentar mover a un enfermo en la zona muerta hace que sea una tarea inviable, mover un cadáver es algo que casi nadie se plantea.

Cuando alguien fallece, su cuerpo queda en el mismo punto donde cayó; y cuando se enfría, se congela petrificándose.
Este fue el caso de Peter Boardman, que desapareció en 1982 intentando la complicada ruta nor-noroeste. Fue encontrado 10 años después sentado, como si estuviera durmiendo.

Se calcula que atacando la cima del Everest  han muerto más de 200 escaladores, 150 nunca se han encontrado y los accesos a la cima están plagados de cadáveres visibles más de 40 que han quedado al aire en el punto exacto donde cayeron, por lo que los escaladores que suben van sorteando cuerpos que han empezado a bautizar con nombres porque los usan como puntos de referencia en su ascensión.

 Foto: El Saludador, no hay confirmación, pero por la postura, es posible que sea este.

El más famoso y uno de los primeros que se ven es “El Saludador”.

Le apodaron así porque el cadáver quedó petrificado con un gesto de saludar con los brazos.

El segundo cuerpo más famoso es el de “Botas verdes”, llamado así por el vistoso color fosforito del calzado que llevaba.

Botas verdes era Tsewang Paljor. Pereció por el frío durante el desastre de 1996.
 Foto: Botas Verdes en la Cueva de Roca

Su cuerpo fue encontrado después postrado en la llamada “Cueva de Roca”. 

Sus restos se hicieron famosos porque todo el mundo que accede por la ruta sur, tenía que pasar al lado de él a menos de un metro, casi apartándose para sortearlo, siguiendo las cuerdas que se ven en la foto.

El 11 de Mayo de ese año, el más mortífero en la historia de la montaña, ascendía junto a otros compañeros  cuando fueron sorprendidos por una fuerte ventisca.

Seis miembros del equipo decidieron abortar el intento, pero Paljor siguió adelante con dos compañeros.
 
El llamado “desastre de 1996″, se cobró 15 vidas en un solo día en el que 33 montañeros atacaban la cima por la ruta sur provocándose un atasco en la única pared que hay que escalar, el “Hillary Step” (Escalón Hillary), un “overbooking” en pleno Everest.

Para atacar la cima por la ruta sur se sale a media noche del campamento 4 y se tardan entre 10 y 12 horas en ascender los 1.000 metros restantes, considerándose las dos de la tarde como límite de hora seguro para hacer cumbre.

Si se llega más tarde, se corre el riesgo de perecer al frío de la noche o caer por la ladera al descender.

La mayoría de los accidentes se producen en el descenso.

El atasco en el escalón  provocó retrasos irreparables.

Se levantó una fuerte ventisca limitando la visibilidad, lo que impidió que muchos de los que descendían encontrasen el camino de regreso y murieran de frío. 

Los intentos de rescate solo lograron traer de vuelta a 4 personas.
 Foto: Aunque parezca un parque de atracciones, esto es una expedición haciendo cola para acceder a la cima del Everest  por la ruta sur en el año 2009.

Al lado de Botas Verdes quedó David Sharp, que el 15 de Mayo del 2006 realizaba su tercer ataque a la cumbre.

Había lanzado varias acometidas en solitario desde el campamento base, sin oxigeno, sin sherpa, sin guía, sin radio, sin medicamentos, sin ningún otro soporte vital.

Subía con lo puesto, puede que con la intención de batir algún record.

Es el caso que más escándalo e indignación ha causado entre la comunidad alpinista,  tal vez por ser el que mejor escenifica el circo que hay montado en torno al Everest.

En su descenso se vino abajo y se sentó al lado de Botas Verdes para intentar recobrar fuelle.

Por delante de David Sharp llegaron a pasar de largo unos 40 escaladores sin pararse, hasta que lo encontró la expedición Brice liderada por Mark Inglis, un especialista que había perdido las dos piernas por congelación en 1982 y que ahora utilizaba prótesis metálicas.
 A la izquierda David Sharp y a la derecha Mark Inglis.

Sharp todavía respiraba e Inglis pidió instrucciones por radio a su director en el campamento base, Russell Brice, que le ordenó continuar hacia la cumbre y, en todo caso, prestarle ayuda al descender después.

Este hecho ejemplifica uno de los aspectos más criticados del Everest; la política que siguen los escaladores es una especie de sálvese quien pueda en la que solo priman los intereses comerciales o de equipo. 

Si un cliente contrata a un guía y unos sherpas para subir, está pagando por hacer cima y no por rescatar a terceras personas. 

Además los guías no siempre tienen plena potestad para tomar decisiones.

En ocasiones, como en este caso, puede haber un director de equipo en el campamento base que está ordenando no detenerse para atender accidentados y seguir hacía la cumbre.

Nueve horas después, el guía Jamie McGuinness y el sherpa Dawa, tras hacer cumbre, intentaron levantar a un Sharp, severamente dañado por las congelaciones, dándole oxígeno pero no lo consiguieron y se vieron obligados a abandonarlo. 

Los miembros de la expedición Brice llevaban cámaras personales en sus cascos, recogiendo en vídeo una breve conversación con Sharp antes de morir: “My name is David Sharp and I am with Asian Trekking” (Mi nombre es David Sharp y estoy con Asian Trekking).
Francys Arsentiev aspiraba a convertirse en la primera mujer en hacer cima sin oxígeno y el 22 de Mayo de 1998 logró su objetivo junto a su marido Sergei Arsentiev.

Durante el descenso la pareja se separó. Sergei llegó al campamento y su mujer no había regresado. Volvió a buscarla, una decisión que le condenaba de inmediato.

El 23 una expedición encontró a Francys, semiinconsciente con síntomas de congelación. Intentaron arrastrarla, pero resultó imposible. En el regreso se cruzaron con Sergei que subía al rescate, siendo la última vez que fue visto con vida.

El 24, dos experimentados escaladores, Ian Woodall y Cathy O’Dowd, se toparon con Francys muerta. El piolet y la cuerda de Sergei estaban cerca, pero no había ni rastro de él.
 A la izquierda Francys Arsentiev y a la derecha Cathy O’Dowd.

Cathy O’Dowd relató que Francys no dejaba de repetir entre sollozos que no la abandonasen.

Tras darle asistencia durante más de una hora sin obtener resultados, Cathy  e Ian se vieron obligados a abandonarla allí mismo, escuchando sus súplicas mientras se alejaban.
Las palabras de despedida debieron ser tremendas.

Francys murió sola congelándose lentamente ya que la hipoxia no la estaba matando debido al oxígeno que le habían dado, hecho que solo sirvió para prolongar su largo calvario.

A Sergei lo encontró un año después la expedición “Mallory and Irvine”, un proyecto que intentaba localizar los cuerpos de los famosos escaladores.

Sergei se había precipitado por la ladera a pocos metros de alcanzar a su mujer.
Cathy O’Dowd ya había tenido una experiencia similar.

Cuando descendía de su primera cumbre, se encontró con Bruce Herrod, un escalador que, a pesar de tener fama de ser muy duro en las subidas, ascendía muy lentamente. Al hablar con él, el equipo de Cathy se dió cuenta de que no estaba bien y, además, era demasiado tarde para seguir subiendo, pero no lograron convencer a Herrod, afectado por la euforia que provoca la hipoxia, de que abortase su tentativa.

Herrod hizo cima pasadas las 5 de la tarde, se autorretrató en la cumbre y llamó por radio al campamento base donde todos los allí presentes, incluida su mujer, le instaron a bajar inmediatamente, conscientes de que ya era un cadáver.

Dos horas después de tomada la foto desapareció.

Posteriormente se recuperó la cámara y su mujer reveló la imagen que le costó la vida.
Foto: Autorretrato de Bruce Herrod horas antes de morir.

Este es otro caso común en el Everest. 

Si alguien se siente inconmensurable subiendo, y no hay manera de convencerle de que cancele su intento: es imposible obligarle a regresar.

No se puede llegar a las manos a 8.000 metros de altura.

Más sorprendente resulta el caso de Lincoln Hall, bautizado como el muerto viviente del Everest.

El 25 Mayo del 2006 descendía de la cumbre cuando aquejado de mal de altura acusó serias alucinaciones.

Los sherpas intentaron atenderle hasta que se quedaron sin suministros y el director del equipo, Alexander Abramov, les ordenó regresar abandonando a Hall.

Cuando llegaron al campamento se comunicó a la prensa el fallecimiento de su compañero.
Sin embargo, a las 7 de la mañana del día siguiente, un equipo liderado por Dan Mazur encontró a Hall a más de 8.000 metros, sentado con la piernas cruzadas, sin guantes, con el mono bajado hasta la cintura y el torso desnudo.

Estaba cambiándose de camiseta.

No tenía ni gorro, ni gafas, ni máscara de oxígeno o botellas, ni saco de dormir, ni mantas, ni cantimplora de agua. Cuando llegaron hasta él tan solo espetó “les sorprenderá verme por aquí”.
 Mazur tomó esta foto de Hall poco después de encontrarlo cerca de la cima.

Alucinando, sonreía a pesar de estar al borde de perder todos los dedos de pies y manos.
Mazur canceló su acometida e inmediatamente iniciaron las labores de rescate.

Abramov envió a 12 sherpas que se unieron a los 4 componentes del otro equipo, consiguiendo que Lincoln bajase andando hasta el campamento, donde fue tratado de edema cerebral y se recuperó.

Los cuerpos que quedan en los collados del Everest no terminan cubiertos por la nieve, permaneciendo visibles durante décadas.

Tal vez sea porque las fuertes ventiscas limpian la nieve que cae sobre ellos antes de que llegue a cuajar o puede que los colores oscuros de la ropa atraigan mejor la luz, ofreciendo suficiente calor como para que no cuaje.

El viento hace que en una de las caras del Everest no haya nieve, dejando la superficie de roca negra al descubierto. 
 Aunque parezca increíble, esto es un cadáver que está en medio del campamento 3.

Los escaladores instalan las tiendas y acampan como si fuera parte del paisaje. En el año 2007 Ian Woodall realizó la expedición “Tao del Everest”, que pretendía empujar por la ladera el cadáver de Francys Arsentiev  y el de Green Boots  para devolver el buen kharma a la montaña. 

Solo lograron alcanzar el de Arsentiev  y seguramente el proyecto de Woodall tendrá lógica desde su perspectiva, pero no deja de ser toda una temeridad poner la vida en riesgo para empujar un cadáver, amén de toda una hipocresía ya que pretende ocultar una realidad inherente a esa montaña, fruto en gran medida de su sobre-explotación comercial.

Por esto, y por otras cosas de esta índole, se dice que el Everest se ha convertido en un circo.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Walter Bonatti escalada a los Drus


Walter Bonatti nació en Bérgamo en 1930, se convirtió con apenas 24 años en uno de los hombres más importantes del montañismo mundial. Murió en Roma, a los 81, como una leyenda.

En 2004 fue investido como Caballero de Gran Cruz de la Orden al Mérito de la República Italiana. Perseguido por los oscuros acontecimientos ocurridos en el K-2, murió con la conciencia tranquila. La justicia estuvo de su lado en su momento. También sus dos enemigos, ya octogenarios, le concedieron la razón en un último acto de nobleza antes de abrirle camino por la pared más dura hacia el cielo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

En la cumbre del Bastiments (2.883 mts)

Hacía más de un año que tenía previsto coronar esta cumbre, en principio no era más que el segundo objetivo de una expedición más ambiciosa ya que en la planificación del proyecto el Pic de l’Infern era nuestra meta y el Bastiments lo había considerado como una cima secundaria.
Después de varios aplazamientos, por fin llego el día de iniciar la aventura. Logre convencer a Emilio, Toni y Antonio para que nos acompañasen, para ser sincero a Emilio y Toni más que convencer tuve que engañar.

El caso es que el domingo 16 de enero allí estábamos los cinco preparando el material y el equipo en un parking a 20 minutos del refugio de Ulldeter.

La previsión era de buen tiempo con temperaturas alrededor de los 5º C, el cielo despejado. Mucho viento, incesante, tanto que llega a ser muy molesto. Poca nieve, las altas temperaturas de los últimos días han fundido gran cantidad y la que no han podido fundir se ha convertido en hielo o es nieve dura, las raquetas no hacen falta así que nos evitamos el tener que cargar con ellas, al contrario que los crampones que resultan imprescindibles.

El camino hasta el refugio lo hacemos sin utilizar los crampones, es poca la distancia, un kilometro poco más o menos, pero ya nos damos cuenta de que es necesario colocárnoslos cuanto antes, pues aun ayudándonos con los bastones son frecuentes los resbalones.
Desde el refugio y ya con los crampones colocados empezamos a caminar en dirección al Coll de la Marrana, el ritmo es bueno y la pendiente muy suave, avanzamos cómodamente sobre todo tipo de terreno; piedras, pasto, hielo, nieve dura y ocasionalmente sobre zonas muy pequeñas de nieve menos compacta, lo que hace que nuestros pies se hundan unos 20 centímetros.
Hasta ahora nada se interpone entre el sol y nosotros, pero a medida que nos acercamos al collado entramos en la sombra que proyecta el Gra de Fajol y la pendiente se hace más fuerte igual que el viento que hace que la sensación térmica disminuya algunos grados la temperatura.
Para reponer algo de fuerzas hemos optado por el socorrido bocadillo, normalmente en este tipo de excursión es lo más práctico para comer, aparte del bocadillo también llevamos barritas energéticas, geles de glucosa, galletas, frutos secos y complementos hipercalóricos. Para beber además de agua, tenemos zumos y en termos leche caliente con Colacao. Una bebida caliente es una buena aliada a la hora de combatir el frío.

A la hora de preparar la comida que vamos a consumir, hemos de tener en cuenta el tiempo; pues si nieva o hay una ventisca es complicado parar y rebuscar por la mochila o preparar cualquier alimento. Por eso siempre es recomendable que por lo menos una parte de los alimentos se puedan consumir sobre la marcha y bajo cualquier situación.
El sendero esta en muy mal estado, barro, hielo y agua se mezclan a lo largo del trayecto por el paso continuado de montañeros que lo transitan en ambas direcciones, es mejor caminar sobre las rocas aunque sea lo más parecido a subir una escalera de peldaños inestables e irregulares de varios cientos de metros.
Ya estamos cerca de la cumbre, por encima de la cota 2800, es el asalto final, donde la montaña aprovecha una buena cantidad de nieve, hielo y viento como la última línea de defensa, el último aliento que igual que a nosotros le queda, intenta así un esfuerzo vano para evitar ser conquistada.
Cuando por fin nuestra vista se levanta por encima del horizonte descubrimos que la montaña todavía no se rinde y nos sorprende con una falsa cima tratando de evitar lo inevitable, a modo de señuelo se alza una cruz y un hito, la montaña mantiene la lucha, si queremos poner los pies sobre su cima aun tendremos que caminar unos metros más hasta alcanzar el vértice geodésico, establecido en el punto más alto, la frontera ente el cielo y la tierra.
Es casi mediodía cuando alcanzamos la cumbre, el viento sopla con fuerza, todos estamos muy contentos, después de casi cuatro horas de ascensión hemos coronado otra cima, se vuelve a repetir la agradable y efímera sensación de triunfo, de bienestar, una recompensa intangible algo espiritual que solo a quien realmente le gusta la montaña puede disfrutar.

Nuestra hazaña ya concluye, el alcanzar la cumbre no es más que la mitad del recorrido, siempre queda el regreso, que a veces resulta la parte más dura y fatigosa. El camino de vuelta lleva consigo la ingratitud de no ser ni mucho menos tan épico como el camino hacia la conquista de la cumbre. Si bien bajamos pensando en cual va a ser nuestra próxima cima a conquistar.

Todavía nos quedan infinidad de montañas por coronar, paisajes que descubrir y aventuras que compartir. 


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sábado, 27 de agosto de 2011

Rafting en el Noguera Pallaresa

El río Noguera Pallaresa nace en Pla de Beret, en el valle de Arán, a pocos metros del nacimiento del río Garona. A diferencia de su río hermano, que se dirige hacia el océano Atlántico, el Noguera Pallaresa se dirige hacia al sur, y atraviesa Pallars, primero Pallars Sobirà, y tras atravesar el desfiladero de Collegats, el Pallars Jussà. En este punto se le une el río Flamisell tras pasar Pobla de Segur. El Noguera Pallaresa es históricamente el eje de comunicación principal y alrededor del cual se articula la vida de estas comarcas. Desemboca en la orilla derecha del Segre pocos kilómetros tras abandonar las comarcas que le dan nombre, por el desfiladero de Terradets, que atraviesa la sierra del Montsec, justo antes de llegar al pantano de Camarasa (en la comarca de Noguera, en la provincia de Lérida). Tiene 154 kilómetros de longitud.

El rafting es una actividad que consiste en descender por las aguas bravas de un río en una lancha neumática, con la ayuda de remos, sorteando las rocas y evitando en todo momento la caída al agua. Normalmente se practica en un grupo de seis u ocho personas, a bordo de una lancha neumática que van sentadas en los bordes de la misma. En el suelo los tripulantes disponen de unas sujeciones para los pies, para que resulte más fácil mantener el equilibrio cuando llegan los baches y los bruscos movimientos de la corriente. 

En el descenso de ríos existe una clasificación internacional ampliamente aceptada para clasificar los ríos según su grado de dificultad al navegarlos.

  • Aguas planas. Se refiere a cuerpos de agua cuya superficie es prácticamente plana, sus remolinos, huecos y olas son despreciables.
  • Clase I. Muy fácil. Aguas casi planas, muy poco turbulentas con olas pequeñas. Totalmente navegable.
  • Clase II. Fácil. Aguas un poco turbulentas con huecos y hoyos de no más de 25 centímetros, remolinos pequeños sin peligro alguno para un nadador.
A partir de aquí se consideran ríos rápidos, de aguas blancas o de aguas bravas.
  • Clase III. Intermedio. Aguas turbulentas con huecos y olas medianas de no más de un metro, remolinos de cuidado para un nadador y de alguna consideración para una embarcación. La navegación requiere buena técnica y conocimiento del río. Existen algunos pasos técnicos de atención.
  • Clase IV. Difícil. Aguas blancas muy turbulentas pero predecibles. Huecos y olas de hasta dos metros, remolinos considerables para una embarcación. Pueden existir cascadas de consideración. La navegación requiere muy buena técnica y conocimiento del río. Existen pasos estrechos que requieren maniobras técnicas complicadas.
  • Clase V. Experto. Aguas blancas muy turbulentas poco predecibles con olas y huecos de más de dos metros. Remolinos y cascadas de peligro. Requiere un grado de técnica experto y muy buen conocimiento del río. Necesidad de maniobras extremadamente técnicas.
  • Clase VI. Extremadamente difícil o no navegable. Se considera muy difícil o imposible de navegar.
Todo río rápido no tiene una misma clase en toda su extensión, sino que posee una sucesión de tramos de distintas clases. Un río o un tramo del mismo se considera de la misma clase que su rápido más difícil. La mayor parte de la actividad en descenso de ríos se realiza en las clases III y IV, quedando las clases II e inferiores en la categoría de navegación general en la que otras embarcaciones, técnicas y equipos son utilizados. Los ríos de clase V son abordados únicamente por expertos.
El excitante trayecto se hace en compañía de un monitor, que se coloca en la parte posterior de la embarcación para pilotarla. Su función es marcar el rumbo con el remo y dar las instrucciones necesarias al resto del grupo para avanzar río abajo. La caída al agua no representa ningún problema, ya que los tripulantes van adecuadamente equipados con casco, chaleco salvavidas y con traje y botas de neopreno, material que contrarresta la baja temperatura del agua y evita que pasemos frío.

En este caso el recorrido es de unos 14 km y une las poblaciones de Llavorsí y Rialp y en algunos puntos llega a ser de clase IV. Durante el trayecto aprovechamos para darnos algún baño que otro en las frías aguas donde la corriente es más débil. 







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